Baja –o sube, no lo sé- el sol
del otro lado, auscultando
con sus lenguas tentaculares las cosas.
Despertando el sentido de cada una.
Devolviendo caras y siluetas.
Retornando el sentido a lo insensible
que se olvidó de sí mismo durante la larga noche,
para que, conociéndolo,
se desconozca a sí mismo otra vez;
pero de una nueva manera,
con una inocencia sin estrenar aún.

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