Tenía los brazos llenos de pascuas para la mesa navideña, cuando me llegó la fragancia de azucenas y supe que ella había cumplido su promesa.

¡Almita!….Prometiste que nos veríamos en Navidad….Ha pasado tanto tiempo….

Pero ¡ aquí estas!

El corazón me bailaba en el pecho de alegría.  No podía verla, pero sentía su proximidad;

Sabía que ella también sonreía. ¡Y que hermosa estaba! ¡Que radiante, en la plenitud de sus diez años! Sin fiebre. Sin dolor. Sin tristeza. Yo no sabía  que más ofrecerle para celebrar su llegada. ¿Que quería, deseaba, necesitaba?, le preguntaba una y otra vez.

¿Recuerdas el último verano? – respondió el silencio fragante.

El último verano,….¿Cómo no podría  recordarlo? Todos los años bajaba del campo a pasar con nosotros las vacaciones de verano y Navidad, cerca de una escuelita rural anónima sin otra identificación que la #140.  Como una ¨X¨ de neón en el cielo, sus visitas marcaban los solsticios  y equinoccios de mi año. En junio y diciembre, llegaba en la yegua de tío Monse a esperar la visita de un padre vagabundo que nunca conoció.  Su ausencia  nos solidarizó en un afán de amor compensatorio que llenó nuestros mutuos vacíos. Yo le dí el amor que otros, presos de sus mezquindades, le negaron;  aún tengo en la boca sabor de algas y salitre. 

 El mar no tuvo la magia de los veranos anteriores.  Tampoco, las precarias  excursiones al Manglillo por los arrecifes que amurallan la bahía. No queríamos hacer caminitos de piedras blancas en el patio, ni recoger papayas verdes y grosellas para dulce. El tiempo se había tornado tan precioso, tan breve y urgente, que sólo nos incitaba a querernos mucho, intensamente, y rápido.  Como si olfateásemos la sombra de la muerte.

Ese último verano fuimos  – ella en sus diez años, yo en mis veintiuno – dos universos moribundos que   apuraban sus últimos átomos de existencia.  Bajó del campo tan pálida y delgada como los talos de las azucenas que tanto amaba.  Pasé muchas horas queriendo desvanecer sus dolores de cabeza con caricias y besos, con compresas frías y tibias en la frente, mientras sus negros almendrones me miraban, ocultándose cada día más en sus propias penumbras. 

Una mañana, nada alivió su sufrimiento. Entonces la tomé  de la mano y la llevé hasta el viejo tocadiscos de maleta; coloqué la Rapsodia en Azul de Gershwin en el aparato y nos sentamos en el piso a escucharla. Quise iniciarla en los misterios esotéricos de la música, llevarla hasta ese átomo esencial en el cual no sobra lugar para los que no es él mismo, donde es imposible el dolor.  Le decía: -Ese es el tema principal …esto ahora… igual pero distinto, es una variación…cambio de tono…déjate caer hacia el abismo de sus profundidad…El piano… ¡como canta!… el dialogo con la orquesta… Cómo ésta le responde…y ahora la trompeta…    

Ella escuchaba arrobada. Sus ojos, húmedos, contemplaban una región de dulzura  más allá de si misma, transportada más allá de si misma, transportada finalmente a un lugar sin dolor. Sin lágrimas.  Pasamos el resto del verano así: entrando y saliendo de aquellos laberintos tonales, de escalas, arpegios y acordes;  deslizándonos sobre cada invisible veladura azul que se calada entre los giros y sorpresas de la armonía.   Cuando terminó el verano la Rapsodia casi había perdido sus ranuras: Almita había recuperado su color. 

Con el calor de agosto le prendí unas azucenas en el pelo y preparé su mochila. 

Titi, no te pongas triste  , nos vemos en Navidad- dijo con el último abrazo y montó en la yegua.

A fines de noviembre, una hermosa mariposa negra entró en mi habitación y  se posó sobre el escritorio.  Cómo, es un misterio, pero supe de inmediato y más allá de toda duda que Almita había muerto.  Tumor cerebral.  Creo que debo haber sentido cuando se abrió un espacio vacío en el mundo.     Tres días después del sepelio regresé a mi habitación  y descubrí que la mariposa se encontraba aún en el mismo lugar en que la había dejado.  Había muerto también. 

Quince larguísimos años…Y ahora, cuando ya había dejado de esperarla…! cumplía su promesa!  Volvía en esta Navidad y me decía:  ¿ Recuerdas el último verano?

Sin necesidad de analizar sus palabras fui de inmediato hasta la sala, coloqué el mismo disco de Gershwin en el tocadiscos   y nos sentamos en el piso.  Abrazadas.  Entonces, sin plan previo, nos encontramos repitiendo el mismo ritual de nuestro último verano;                                                                         

Solo que esta vez fue ella quien me llevó a mí de la mano a través de la música. 

Sin decir una palabra.

Y volamos… Como dos pájaros hechizados por los enjoyados laberintos azules de la música.  Despegamos del suelo y nos desplazamos a través de su infinita gradación de azules sutilezas.  Surcamos, tomadas de la mano, espacios sonoros y  constelaciones fulminantes como fuegos artificiales en cuatro de julio.  Saltamos, de cadencia a cadencia estrellada, llenando cestas de cometas vagabundos y estrellas  fugaces, entre escalas cromáticas que ascendían a sublimes cumbres.  Surcamos la atmósfera entre estallidos de luciérnagas  que se entretejían  como arañas mágicas.  Enloquecidas por una fiebre de alegría  indescriptible, le inventamos palabras azules a esa felicidad azul que estallaba en nuestros átomos.  

Finalmente…cuando vibró el último acorde de la Rapsodia, ella se desvaneció con la música,  tan calladamente como había llegado, dejándome la casa y  el corazón llenos de una enorme dulzura que huele a sabe a azucenas.

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