Se ha tendido lo azul gigantesco
largo y ancho
de esquina a esquina,
de lado a lado.

¿Para qué se ha puesto tan quieto
al alcance de mi mano?
¿Para qué se ha subido hasta mi ventanal
y lo ha llenado?

Se tragó las persianas. El dintel,
las cortinas de encaje ha borrado.
El tiesto y sus flores a la nada han pasado.
Mis ojos del libro arrancó
como un gran magneto
y me ha arrastrado consigo a su centro.
Me ha tragado.

¿Cuánto tiempo atrapada en su corriente he pasado?
No sé…
No sé lo que es tiempo.
No sé lo que es nada.
No quiero saber de las cosas,
sus nombres y formas,
y sus movimientos que no son de lo azul,
que no vienen de lo azul,
que no van a lo azul,
que no viajan en su etérea corriente,
apenas espejo, apenas imagen, apenas reflejo.

Insustancial y vacuo,
como un lienzo virgen me parece todo
lo que no está aquí.
Aquí en lo que soy.
En eso azul que soy,
y que todo es y está y permanece,
puro y sin tiempo.
Aquí, en esto azul sin nombre ni rostro,
sin cuerpo ni sangre.
Aquí, en esta divina nadidad.
¡En esta divina nulidad de lo azul!

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