Estoy aquí.
Voy a dejar que la canción me cante
con su melodía y su ritmo.
Y atrapada en su red y vibrando,
cabalgaré en las ondas
que esparce al infinito.
Así daré la vuelta al universo
cien veces, tal vez mil;
y quedaré desfasada
en mil renovaciones
para caer nuevamente aquí,
depurada y vacía,
a esperar el venir
de la estación mayor.

Estoy aquí. Trepada en una cumbre.
Voy a dejar que el tiempo me deshoje
y que vengan los pájaros
a robar mi semilla.
Aquí estaré esperando
hasta que la tormenta llegue
y desgaje mis ramas,
y el relámpago salte con su filo de plata
en mi tronco y lo parta.

Quedaré aquí bajo la lluvia recia
bañándome, sin cuerpo ya.
Solo raíces…
Y una fiebre de vida surgirá de la tierra,
brotando toda verde y fronda nueva
como un espejo de divino azogue
en la nueva estación.

Voy a quedarme aquí muy quieta
a la espera del divino susurro
que surge de la gota
y se esconde en sus luces.

Voy a quedarme acostada boca arriba
con las palmas abiertas en el medio del mundo,
y en silencio absoluto,
a esperar el soñar
que ha de soñarme
y el cantar
que ha de cantarme
más total y más plena.
Por la íntima cuerda que ha de vibrar
en cósmica armonía
en la nueva estación: es la promesa.

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